No es una idea nueva, pero como no se trata de novedades, sino de pensar un poco sobre algo: intentemos reflexionar en serio, sobre temas bastante frívolos -aunque sea un ratito, y recordemos los resultados, aunque sea toda la vida- que encierran situaciones no tan ingenuas.

Lanata empieza su programa siguiente al día del “cacerolazo” del 20 de diciembre de 2001, diciendo: - ¿viste?, ¿viste lo que podés hacer?, podés echar a un presidente.
Y así, en Argentina, surgía una nueva forma de protesta. ¿Por qué golpear cacerolas?. Rta: porque están vacías.
Así nacía una legítima forma de protesta que expresa un sentimiento común, que une. No son banderas, no son palos, no son pasamontañas: son utensilios (...en desuso, y eso es lo que quieren resaltar). Todos juntos encontramos una forma legítima de manifestarnos frente a lo que nos incumbe a todos, como país.

Días -tal vez semanas- más tarde, tenemos noticias de otro cacerolazo: un grupo reducido de personas, hace ruido y marcha porque una vedette tuvo actitudes hostiles hacia otra (no sé las razones exactas).
Este grupo de –y confieso que me constó unos cuantos segundos encontrar la palabra que sigue- desconsiderados, desvirtuaron de tal manera lo que todos juntos encontramos: una forma legítima de manifestarnos frente a lo que nos incumbe a todos, como país, que no es digna de dejar pasar sin un poco de reflexión.

Un grupo reducido de personas, toma una forma utilizada –días atrás- por miles de personas en todo el país, para reclamar la destitución de un presidente; como forma de apoyar a una señorita de teatro de revistas peleada con otra trabajadora del mismo rubro.

Que dos temáticas tan distantes y diferentes, con alcance e incumbencia tan alejada, sean defendidas de la misma manera: es peligroso. Más allá de ser una falta de respeto, de consideración,
es peligroso. Por la confusión de ámbitos y, peor aun, de las acciones propias de esos ámbitos.


Volviendo a las protestas, puede analizarse de ellas, al menos, dos cosas: la legitimidad del reclamo y la legitimidad de la forma en que éste se haga.
Por eso es fácil comparar entre sí dos manifestaciones diferentes, si es que en alguno de estos dos elementos coinciden.

Los “piqueteros” cortan rutas, puentes o calles como la forma que encuentran de que el resto de la gente los vea, los note: se nos ponen en frente, nos chocan, nos interrumpen el paso. Así nos dicen: -existo, miráme. Y recién ahí los vimos.
¿Legitimidad del reclamo? Muchas veces legítimos, otras muchas no.
¿Legitimidad de la forma en que éste se hace? Comienzan por los 90, allá en el sur; gente que se queda sin trabajo por las privatizaciones, ante el resto que “al menos te comprabas un auto, la casa, el lavarropas”. ¿Cómo más hacer que los vieran, si no es poniéndoseles en frente e irrumpiendo su camino hacia el comercio de electrodomésticos?

Claro que con el tiempo también se desvirtúa esta forma de protesta. Todo reclamo laboral, social o político es motivo para cortar una calle. Pierde su fuerza.

Pero ahora son los mismos piqueteros –a diferencia del ejemplo anterior- los que debilitan su propia forma de manifestarse.
Una líder piquetera participa de un popular programa televisivo. Para apoyarla sus compañeros la acompañan, por su gran número, desde fuera del estudio... cortando la calle.

Este grupo de –y confieso que me constó unos cuantos segundos encontrar la palabra que sigue- desconsiderados, desvirtuaron de tal manera lo que ellos mismos encontraron: una forma, que consideran legítima, de manifestarnos frente a lo que, rezan debería incumbirnos y preocuparnos a todos, como país, que no es digna de dejar pasar sin un poco de reflexión.

El mismo grupo de personas, toma una forma utilizada por miles de personas en todo el país, para reclamar el hambre y la desigualdad social; como forma de apoyar a una señora que baila ante las cámaras de televisión.
Que dos temáticas tan distantes y diferentes, con alcance e incumbencia tan alejada, sean defendidas de la misma manera: es peligroso.

Son sólo dos ejemplos, y encima televisivos, de una situación que se repite a diario. El ejemplo más fácil es, en las escuelas por ejemplo, padres que las creen guarderías, alumnos que las creen pasatiempo (por lo que deberían ser divertidas, ante que otra cosa). Pero la lista es interminable, mucho menos obvia y no siempre de alcance tan masivo.
El la calle, en las casas, en los barrios, en las instituciones, en los lugares de trabajo, en las relaciones interpersonales...
Es peligroso por la confusión de ámbitos y, peor aun, de las acciones propias de esos ámbitos.

 

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