-“Si siguen así nos van a hacer mierda”*, de fondo explosiones, corridas, gritos llamando ambulancias.... de esto hace unos 25 años en las Islas Malvinas, y se conoce hace unos días.
*Por radio Mitre, primer audio de “25 años, 25 historias”; unos, en ese entonces, chicos –uno estudiante de periodismo y otro fotógrafo aficionado- capturaron algunas experiencias, y ahora las comparten.
Y pensar que eso pasó de verdad, dijo mi madre, y recién ahí me estremecí.
La frase que transmitió Mitre la dijo un chico más chico que yo, ante la real amenaza –y casi inminencia - de la muerte.
La distancia (temporal, ideológica, de vivencias, de experiencias, de contextos) y la costumbre de la guerra (películas, noticias constantes, saturación de imágenes...) nos hacen necesitar de llamados de atención, para darnos cuenta
“y pensar que eso pasó de verdad”.
Pero ¿qué es “eso” que pasó de verdad? Una guerra. ¿Entre argentinos e ingleses? Sí, pero tengamos en cuenta, que antes de oriundos, somos personas.

Por lo tanto, hablemos de la guerra en general.
La guerra nunca puede faltar en una lista que pretenda dar cuenta de las cosas más irracionales que existen. No apela a argumentos, apela a la fuerza bruta.
- ¡Quiero, quiero, quiero!, y si no me lo das........ te mato.
Desde que “la palabra le ganó al garrote” (genial frase que conocí en labios de Joselo) el simple hecho de pensar una guerra indica la mejor involución, con peores consecuencias, que le pueda suceder a la humanidad.
Es licencia para matar (como deja entrever “Clama el viento, ruge el pensar”); es desobediencia a lo que mayor valor legal le asignamos libremente (tratados internacionales); es orgullo por ser mejor asesino, traidor; es la puesta en peligro de muerte de unos muchos, por la decisión de unos pocos... siempre fuera de peligro; es la paradoja de la inteligencia puesta al servicio de la brutalidad; es violación de la libertad, de la paz y tranquilidad necesarias para el desarrollo de la vida digna de ser vivida y la búsqueda de la felicidad o algo que le acerque lo suficiente; es el horror de tener que defenderse de la misma manera que se es atacado (tal vez expiando ciertas culpas).
Es sacar a relucir las más grandes bajezas humanas.

“Ganar una guerra” es equivalente a haber perpetuado con éxito un asalto, una violación, un asesinato, un robo - y para aquellos a quienes disgusta más un genocidio que un asesinato:- a gran escala. Y peor: sentirse orgulloso de ello.

Ahora pensemos sobre nuestra historia y un poquito la de Inglaterra en los alrededores de 1882.
Los dos gobiernos se venían abajo. Y los dos deciden la guerra, más que por defender soberanía, por un intento desesperado y cruel de mantenerse un rato más en el gobierno. ¿Odiemos a Galtieri y su séquito, y a Margaret Tatcher y sus secuaces? Puede ser, pero ¿qué les parece? si mejor, (o tal vez:“además”, si quieren) aprendemos de una vez por todas, hasta dónde puede llegar el afán de poder, y qué tan bien se esconden – o peor: que tan mal, pero nos tapamos los ojos- intereses mezquinos, con trajes de intereses soberanos.
¿Puede uno ignorar a quien ha luchado poniendo en peligro su vida, por algo en lo que creía? Nunca. Incluso más allá de cuál sea esta creencia, cuando lo que mueve es la convicción de la mayor justicia para todos, se les debe respeto (y acá está la diferencia con el parráfo anterior).
Yo no sé si las Malvinas son argentinas, pero sé que muchos que lo creían lucharon por ello.
A los ex combatientes, estén vivos o muertos, pero siempre habiendo luchado por ideales bien altos y con la convicción de que lo hacían por la justicia y por la verdad: gracias. Cansados de palabras de apoyo, quieren hechos.
Perdón, sólo tengo mi agradecimiento y respeto... (sé que es mucho menos de lo que nos dieron ustedes) y se los doy.

 

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