La selva se me presenta como acogedora, con todos esos árboles que parecen pelearse por ocupar un mismo lugar, ellos no saben que cada cuerpo tiene su sitio, de todos modos se juntan, se amuchan para abrazarme y detenerme.
Veo correr el agua de un arroyo, tan claro, tan sonoro, que solamente puede sentirse alegría y esperanza. La alegría de que él exista y la esperanza de que nunca deje de existir.
A lo lejos diviso animales desconocidos, algunos parecen peligrosos, otros tan graciosos.
Piso la tierra húmeda y quiero enterrarme en ella y que el mundo se acabe ahí, que no exista más otro lugar que esa tierra mojada por la humedad del entorno y una cascada me abre los brazos y espera para abrazarme. Irrumpo en ella, quiero entregarme y ella recibirme. Así nos pasamos horas enteras en esa dialéctica del darse y el recibir, del hacernos presentes en un contacto mucho más que acogedor.
De pronto, lo imposible se hace real. Una fuerza desconocida me arrastra y eleva hacia la inmensidad del firmamento, veo la selva alejarse a una velocidad desconocida... de pronto, el desierto y su inmensidad. El todo, la nada, las partes... todo se confunde y se mezclan. Puedo ver como todo confluye y pasa a ser un preciosísimo orden, al que quiero llamar presente.
Por primera vez en mi vida pisé la arena caliente, pude ver unos médanos inmensos, que se levantaban como infinitos. Sentí la cálidad brisa del desierto, que gasta los médanos y me gastaba las penas.
Como de la nada sentí sed, una sed insaciable. La sed propia del náufrago que bebe del mar, sin saber que sentirá más y más sed. Busqué de dónde beber, y solamente encontré más desierto. Entonces decidí undirme en él y saciar mi sed en su esencia. Descubrí la magia del desierto, cuanto más desierto había, más sed y desierto quería.
Es como la sensación de impotencia y desesperación que muchos sentimos en el estómago cuando estamos en presencia de lo hermosamente inevitable.
Me tendí en la arena dispuesto a morir, quería morir allí, plagado de todo, nada y sed.
Cuando sentí llegar la inconsciencia, de nuevo: elevación, velocidad y vértigo.
Abrí los ojos y pude ver un mundo como nunca antes había visto. Todo era rectas, círculos, líneas tendidas al infinito. Tomé una de ellas y quise doblarla, pero me resulto imposible... entendí que hay cosas que no se pueden cambiar, que son así, eternas, inmutables...y me gustó que así sea.
De pronto todas esas líneas y figuras dibujaron una montaña, la más alta que vi en mi vida y una mano generosa me puso en su cima.
Allí parado pude ver el mundo y tuve la sensación la más particular de mi vida... ¿cómo llamar esa sensación? ¿Vértigo? ¿Náusea?... no se... solamente puedo decir que se asemeja a aquella que tenemos cuando nos sentimos omnipotentes, como cuando decimos: "Ahora, nada me detiene".
Y pude ver las demás montañas, y oí al viento cantando...y gastando las rocas. Pude ver la nieve y pensé en la pureza y me di cuenta que existe.
Tuve un deseo, poder también yo ser creador de un mundo y el demiurgo me prestó su pincel.
Entonces dibujé un barco en un océano infinito en todas sus partes y que todas ellas se dirijan hacia un mismo punto. Hice un océano infinitamente direccionado y ahí estaba yo, viajando para siempre. En dirección eterna hacia aquel punto donde todas las aguas confluían.
De repente, abrí los ojos.
Estabas frente a mí y lentamente tu boca se alejaba de mis labios. ¿Había hecho tal viaje? ¿Alguna vez conocí el desierto?...No puedo decir no... sólo puedo reconocer que este viaje me pasa cada vez que mi boca y la tuya están unidas.

 

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